lunes, 2 de enero de 2012

Padres, hijos y primates, de Jon Bilbao, Salto de página, 2011, Madrid.



Estilo España

  Es un escritor joven español del que ya había oído antes. Joven, no sé, el año próximo cumplirá cuarenta. Creo que sería joven. Ahora acaba de publicar esta novela, bastante elogiada. Es ingeniero y licenciado en filología inglesa. Tiene dos libros de cuentos y una novela del 2008 que se titula El hermano de las moscas.
  Es una novela rara. Escrita como a mí no me gustan mucho, muy formal, en tono bastante neutro, casi sin licencias, ni metáforas, ni comparaciones, mucha descripción sosa, un lenguaje llano, un narrador muy prolijo.
  Primera reflexión, textual, del cuaderno de mis notas:
  “Un día discutimos en un taller sobre los personajes y sus características. Alguien decía que es muy difícil que el personaje principal fuera un oficinista, porque no les pasa nada. Citamos ejemplos contrarios, que obviamente hay. Porque entre los que andamos en literatura es un vicio el ejemplo en contrario.
  Algo similar creo que ocurre con el libro de Bilbao. Voy leyendo por la página 76 (de 160), digamos casi la mitad, y no sucede nada. Joanes, el protagonista, trabaja en una empresa de aire acondicionado. Fue alumno de ingeniería, se casó, una hija, un suegro pesado. Nada. Lo único, que está en México y huye de un huracán. Pero nada. Y lo peor de lo que sería una larga introducción, es que da a pensar que todo será así. Que ya pasamos de la introducción y no aparece el conflicto, ni nada“.
  Para ser justos el libro mejora luego. Como si hubiera ido preparando el terreno para dar el golpe, pero el asunto es llegar hasta allí.
  Lo bueno comienza, creo, en la 126. Un negro de dos metros entra en una construcción abandonada donde han ido a parar Joanes, su exprofesor y la mujer de éste. Todos huyen del huracán, pero el negro trae un machete en una de sus manos y una cadena en la otra, de la cual va atado un chimpancé. No diré más. Ya que desde entonces comienza lo mejor. Antes hubo algunas páginas interesantes, en un hotel lleno de mexicanos, pero tampoco tanto.
  Lo que digo, entonces, es que parece poca materia para una novela, poca historia. Como si fuera la historia apropiada para un cuento. He pensado en eso, y en otros textos que se parecen, cuentos llevados a novelas. Los dicho, ejemplos hay para todos los gustos.
  Una última cuestión en la que quiero detenerme es en el recurso que tiene todo escritor de forzar un poco la historia a través de la casualidad como detonante de la historia. En este cado hay un abuso de ese recurso. Recuerdo un diálogo de una película, en el que un anciano guionista le cuenta a una amiga más joven cómo hacía para inventar un encuentro en el que dos personas que se conocían. Decía: “Estaban las dos en una tienda, comprando un piyama, la mujer pedía la parte de arriba, el hombre la de abajo, se miran, ya está”. Hasta ahí está bien, creo, hay una necesidad de cierta delicadeza.
  El protagonista, Joanes, se encuentra en una carretera interior de México con un viejo profesor suyo de ingeniería pidiendo que lo lleven. Se trata de la persona a quien culpa del fracaso profesional de su vida. Es esa la primera, en la segunda, Joanes atropella a chimpancé hembra andando en un camino en medio de la selva Luego será el animal que anda buscando aquel negro que entra en medio de la noche a la ruina. Parece demasiado.
  A pesar de tantas críticas, es bueno asomarse a otro tipo de literatura. No tan pretenciosa como muchas veces es la de autores jóvenes argentinos. Muy dispuesta a contar una historia, a que esa historia se entienda, y a que signifique algo más. Y las últimas paginas, cuando hay conflicto y diferencias, el asunto se vuelve muy jugoso. No es mucho, no es poco.