miércoles, 2 de julio de 2014

Cámara Gesell, Guillermo Saccomanno, Planeta, 2012, Buenos Aires, 549 pág.




Las imágenes y el espejo

   Es una novela enorme. Y muy buena.
   Intenta contar la totalidad de las vidas de los personajes de un pequeño pueblo, la Villa, que aunque no la nombra, se trataría de Villa Gesell.
   Tiene un extenso inicio de puro vértigo. Ni más ni menos que de 250 páginas. Después el autor se relaja y comienza a escribir un poco más.
   También se puede decir que son dos obras en una. Pero no. Es todo lo mismo, escrito de manera distinta.
Al comienzo los textos narran historias de la Villa desde distintos puntos de vista. La Villa cuenta. Los personajes van tomando dimensión a través de la aparición, ya sea como personaje central, o secundario, en las distintas historias.
   De carácter oral, como las obras clásicas, esas historias están condensadas, apretadas en un relato breve que concentra lo mejor de lo sucedido. Es el efecto de un cuento repetido de boca en boca, en el que cada versión agrega o quita un detalle para que la historia, y la forma de contarla, mejore a cada paso. Así nos enteramos (está bien dicho, porque es como si estuviéramos en medio de la misma comunidad) de la vida de cada uno de los vecinos: el intendente y su círculo íntimo, el periodista del semanario, el constructor pedófilo, el comisario corrupto y benefacor, los delincuentes bestiales y tiernos, la maestra idealista, la dueño de un supermercado, la peluquera chusma, el abogado tras la política, el pintor huraño, el sindicalista paternal y cruel, la empleada doméstica, el farmacéutico, ancianos nazis, el contador, el boxeador con un pasado de gloria, todos los vecinos.
   En la segunda mitad de la novela, cuando ya sabemos la vida de  cada uno, si bien el formato sigue siendo el mismo, de textos cortos, las historias pierden un poco del carácter oral y aparece la pluma del autor. Ya son escenas en las que asistimos a momentos claves de la vida de los mismos personajes. Hay suicidios, asaltos, extorsiones, asesinatos, enfrentamientos, aprietes, discusiones.
   Esta segunda parte tiene su momento más intenso, creo, cuando una mujer alemana, a punto de morir, confiesa la culpa de un secreto guardado durante toda la vida. Lo hace con un pastor evangélico, frente a su hijo cuadrapléjico. Dice que ella había visto a su marido abusar del hijo cuando era un niño.
Es una novela muy lograda, que reclama su buen tiempo de lectura, pero que ofrece a cambio la posibilidad de entrar en la profundidad un mundo interesantísimo y descubrir los secretos de toda una comunidad. Se me ocurre el Quijote, para establecer alguna referencia, ya que la historia son muchas historias. Y también La Divina Comedia, que en realidad es una comparación explícita del autor, ya que hasta un personaje se llama Dante y todo el tiempo se habla del infierno.

   Dicho esto, y después de tantos elogios, me quiero detener en dos detalles que llaman mi atención como escritor.
   El primero es la inusual profundidad del título de la novela. No es nada común encontrar un título así.
Alude a Arnold Lucius Gesell, psicólogo norteamericano de Wisconsin nacido en 1880, inventor de la cámara que sirve para estudiar la conducta de las personas sin que ellas sepan que son observadas a través de un espejo. La Cámara Gesell se utiliza con sospechosos en interrogatorios y también para la preservación del anonimato de testigos, además, está considerada el instrumento ideal para tomar declaración judicial a los niños.
   Estos datos, tomados de la novela misma (que también dedica algunas líneas a los problemas de la escritura), describen precisamente el tema de la obra.
Y el título, o mejor dicho el apellido incluido en el título, coincide con el de Carlos Idaho Gesell, fundador de Villa Gesell, ciudad Argentina de la Costa Atlántica donde transcurriría la acción de la novela.
   No es suerte ni casualidad. Saccomanno fue vecino de Villa Gesell durante décadas. Se merece haber encontrado ese título tan genial, con tanto significado.
   El segundo tema, trata un poco sobre eso mismo.

Me interesa mucho el hecho de que el escritor es un poco un traidor. Parece que Saccomanno se ha tenido que ir de Villa Gesell. No debería ser esto asunto de una reseña literaria, pero quienes frecuentamos la Villa hemos escuchado el rumor. Y aunque no sea verdad, no importa. Lo que me interesa es que lo que se cuenta en la novela ha de tener mucho de origen en la realidad, y contarlo es romper con el entorno. Que se diga que a un funcionario político le gusta que le metan un consolador, aunque sea mentira, es un hecho que molesta. Lo mismo con la corrupción, los asesinatos, los suicidios, los robos, todo. Increíblemente, la literatura crea realidades. Es bastante fuerte, que un consolador hecho de palabras, de tinta, moleste más que uno que en la realidad no existe. Es una tensión que sólo la literatura puede lograr. La buena.